¿Quién no ha escuchado las leyendas populares? Todos en algún momento hemos, de alguna manera, tenido contacto con ellas, a veces contadas por los abuelos, a veces contadas de manera fantástica en algún libro. A pesar de que no se toman con la seriedad pertinente, deberíamos detenernos a pensar un momento, que tal vez sea un dejo de verdad lo que las mantiene vivas generación tras generación a pesar del tiempo.
Esa noche de plenilunio, Isaac, uno de mis mejores amigos, nos desafió a ir al camposanto del pueblo a robarnos los arreglos florales que seguramente adornaban la tumba de la recién fallecida Eva Mirón, una anciana solitaria que se había ganado el temor del pueblo entero gracias al hermetismo con que vivió. Nunca salía de casa, más allá del patio. Nadie sabía desde cuando vivía en esa enorme casona, siempre se le veía a través de las ventanas, vestida con un vestido de época, guantes y un gran sombrero, todo en blanco inmaculado. Jamás intercambió cortesías con nadie, siempre sola, siempre envuelta en misterio, mil historias fueron creciendo a su alrededor, al grado de hacer de ella toda una leyenda:
“Hay de aquel que mire el rostro de la mujer de blanco, tendrá los segundos contados, te chupa la vida por los ojos, sus cientos de años te caerán encima como una pesada losa que dejara tu cuerpo sin alma y en los huesos”
Sonreí al recordar las palabras de mi abuelo. La anciana nunca nos dio motivo para creer todo lo que se decía de ella, si bien pensábamos tomar por asalto sus aposentos luctuosos, no era con afán de venganza o de hacer algún tipo de daño, era solamente un desafío, una travesura de un grupo de veinteañeros sin nada mejor que hacer en una noche de viernes.
Salimos de casa: Isaac, Roberto, Julián, Pedro y yo, fue Jacqueline la única mujer que se prestó a nuestro juego estúpido. Era poco antes de las once de la noche cuando los seis abordamos mi auto, en cuestión de minutos aparcábamos en las afueras del panteón. No fue necesario saltar la reja, las puertas siempre estaban abiertas, la ausencia de un guardia era más que evidente. Muchas tumbas se perdían en lo alto de la hierba, solo aquellas con grandes losas sobresalían reflejando la luz de la luna llena en el blanco del granito grabado.
Nos tomó un rato darnos cuenta de que buscábamos en el área equivocada del panteón, entre risas y cuchicheos corregimos el rumbo.
-¡Ahí está!-
El índice de Isaac señalaba hacia el sur.
Imponente, sobre una colina, se alzaba un mausoleo que incluso a la distancia se veía enorme, un par de columnas, más decorativas que utilitarias daban la bienvenida, ocultando dentro de sí, el par de grandes puertas negras de madera que contrastaban con el blanco del resto del edificio. Isaac y Julián empujaron las puertas mientras el resto de nosotros esperábamos a unos metros, una vez abiertas de par en par, los hermanos nos invitaron a pasar con solo un movimiento de la diestra.
Los seis entramos decididos a continuar la travesura, después de todo, ya estábamos ahí. El interior era aún más impresionante que la fachada, paredes y pisos en mármol blanco, fácilmente alcanzaba los cien metros cuadrados de superficie, justo en el centro del recinto se levantaba una especie de altar sobre el cuál descansaba el cadáver de la tan temida mujer, sin ataúd, solamente vestida con su inseparable vestido blanco, las manos cruzadas sobre su pecho, detenían el tan famoso sombrero blanco sobre el plexo solar. Un tragaluz de cristal dejaba entrar la luz lunar en su máximo esplendor, la cual parecía bañar el cuerpo sin vida. Al menos cuatro docenas de azucenas a los pies de de la mujer, eran el único adorno. Su cabeza cubierta con un velo de tul blanco que, a pesar de su delgadez, impedía distinguir las facciones del rostro.
Un escalofrío me recorrió la espalda desde la nunca, quise detener todo, salir cuanto antes del lugar y dar por finalizado ese juego estúpido. Alberto se apresuró y sin dudar, tomó todas las flores.
-¡Listo! ¡Vámonos de aquí!-
Acto seguido, salió corriendo. Respiré aliviado los larguísimos segundos habían llegado a su fin, para mi mala fortuna, Jaquie descubrió algo que la ausencia de las flores dejó al descubierto, ¡Una placa! La luz lunar no era suficiente para alcanzar a leer lo que decía así que, armándome de valor, usé el flash de mi móvil para alumbrar y alcanzar a leer la inscripción:
“Aquí descansa la Señorita Eva María Mirón, hija de Don Mario Mirón Monseñor terrateniente de la zona sur suroeste, descanse en paz, 15 de febrero de 1775 – 15 de Enero de 1805”
-Seguro hay un error en la inscripción ¿No creen?
Pedro, el más curioso del grupo, propuso ver el rostro del cadáver y así salir de cualquier duda, para cuando mis labios gritaron “no” era ya demasiado tarde, con un rápido movimiento retiró el velo. Invadido por el miedo y en un acto reflejo, cerré los ojos y voltee el rostro deseando no ver lo que el pedazo de tela ocultaba.
Fueron tan solo unos segundos de tenso silencio, el corazón latía a su máxima capacidad, la voz de Isaac rompió el silencio:
-¡Miren muchachos! ¡Esto es increíble!-
Respiré profundo, abrasé a Jaquie fuerte por la espalda y juntos nos acercamos a donde el resto del grupo ya nos esperaba sin quitar los ojos de cuerpo.
Ahí estaba el cráneo descarnado de la mujer, no parecía tener menos de diez años en ese estado, solo unos cuantos largos cabellos blancos se negaban a desprenderse de él, las cuencas vacías de los ojos parecían buscar los míos, recordé las palabras de mi abuelo y me negué a ver directamente ese espacio hueco.
-Es imposible, tiene menos de tres días muerta, no puede estar en ese estado de descomposición-
Julián me interrumpió:
-Eso explica la placa, esta momia tiene cientos de años aquí, nos equivocamos de tumba, esa es la única explicación-
-Pero el nombre si empata hermano, las flores frescas, ¡El vestido!, tiene que ser ella. Algo no está bien aquí-
Entre la confusión que la situación implicaba, yo solo deseaba salir de ahí lo antes posible, pensé en correr lejos, en eso, un aire frío invadió el ambiente al grado que el vaho de nuestra respiración se hacía claramente visible, las pesadas puertas se cerraron de golpe provocando un estruendo ensordecedor que nos cimbró a todos, en ese instante, Pedro cayó como fulminado por un rayo, Jaquie se abrazó fuerte a mi pecho dando la espalda a donde los hermanos trataban de resucitar al caído. Unos minutos después, decidieron detenerse.
-Fue un infarto fulminante- Aseguró Isaac respaldado en los años de experiencia que tenía sirviendo como paramédico.
Nos reunimos, tratando de no llorar por el deceso de nuestro buen amigo, fue entonces que recordamos la ausencia de Beto, lo buscamos con la mirada dentro del recinto, la búsqueda no rindió frutos.
-¿Tienen idea de donde está Beto?- cuestionó algo molesto Julián
Todos sabíamos que había salido corriendo con las flores entre los brazos, más después de eso, no teníamos idea de donde estaba, nuestras vidas estaban cambiando drásticamente, Pedro había muerto y de Roberto no sabíamos nada. Apreté fuerte a Jaquie, más que para confortarla, lo hice para sentirme seguro, los hermanos hicieron lo mismo y así permanecimos un par de minutos inmersos en un fuerte abrazo grupal.
-¡Tenemos que salir de aquí!-
Los tres intercambiaron miradas y asintieron con la cabeza, planeamos derribar las puertas a golpes, antes de hacerlo, cubrí el rostro de Pedro con mi sudadera y procedimos.
Los golpes secos de nuestros hombros no hacían mella en las puertas y la desesperación se hizo presente, de pronto, un escalofrío me recorrió la espalda al sentir una mirada penetrante sobre nosotros, decidí no decir nada pero fue obvio que todos sentimos lo mismo, los cuatro volteamos al mismo tiempo sin ponernos de acuerdo. Todo se veía tal y como lo habíamos dejado, solo un detalle, un tétrico e inexplicable detalle, el sombrero de la mujer no estaba más sobre su vientre, ahora descansaba en el suelo a unos metros de nosotros.
Bajé la cabeza de nuevo y cerré los ojos queriendo recordar las oraciones que me enseñara mi madre desde niño, apenas y balbuceaba los pedazos que me venían a la mente, el miedo me hacía temblar como nunca.
-¡Basta!- Me interrumpió Isaac – ¡Deja ya de rezar, eso no nos servirá de nada!-
-Seguro esto es una broma de Alberto, ¡Beto, sal de tu escondite!, vamos Beto ya le costaste la vida a Pedro ¿Qué más quieres?-
-Tranquilo Isaac, primero hay que salir de aquí, después averiguamos que es lo que pasa-
La voz femenina rompiendo el silencio de la bóveda lo tranquilizó un poco. El total silencio nos invadió durante unos minutos, de pronto, algo pequeño, blanco, parecía flotar frente a mí, intenté tomarlo con mi diestra, pero la apenas perceptible ráfaga de aire provocada por mi movimiento, lo acercó a Jaquie, ella tomó en sus manos el pequeño objeto desconocido, lo acercó a su nariz y respiro profundo
-Es un pedacito de azucena, pareciera que alguien cortó un pedazo muy pequeño y…-
Antes que terminara de hablar, otro pedazo caía y después otro y otro, en unos segundos, estábamos envueltos en una lluvia blanca de pétalos que, de alguna manera, se sostenían flotando entre nosotros, por un momento, olvidamos todos el miedo, la sensación era indescriptible, paz, armonía, no sé. Por primera vez desde lo de Pedro, el grupo se separó, todos estábamos como hipnotizados disfrutando, ¡Sí!, disfrutando la “nevada de azucenas” que parecía bailar en torno a nosotros.
Un grito de Jaquie nos sacó del trance, se derrumbó sobre sus rodillas, con la diestra temblando, señaló al tragaluz, mientras la izquierda cubría sus labios.
Ahorcado con su propio cinturón, el cuerpo de Alberto colgaba del tragaluz, se balanceaba mecido por un viento inexistente, de sus manos se desprendían los pedazos de flor que minutos antes nos invadían y ahora, de a poco, cesaban de caer. Preguntarse cómo había llegado ahí era ya intrascendente, sin duda algo extraño se manifestaba ante notros, teníamos que salir de ahí lo antes posible.
Sentada en el frio suelo, Jaquie abrazaba sus rodillas, no dejaba de mecerse de atrás a hacia enfrente, estaba totalmente en shock
-Todos moriremos- Repetía sin cesar.
Los hermanos intercambiaron miradas, sus ojos se veían extraños, llenos de una furia que yo desconocía, sin mediar palabra, se liaron a golpes como cualquier par de desconocidos, el odio se sentía en el ambiente, quise separarlos, no había razón para tal disputa, fue entonces que hicieron equipo, ¡En mi contra! Un derechazo en el mentón me hizo perder la vertical, una vez en el suelo, ambos me cayeron encima en una implacable lluvia de puntapiés, el sabor a sangre se hizo presente en mi boca, mis ojos se nublaron, los hermanos continuaron con la brutal golpiza a pesar de que sangraba copiosamente, se detuvieron solo cuando dejé de moverme, creo que me dieron por muerto. Quedé ahí tendido sobre mi costado derecho en un charco de mi propia sangre, a un par de metros de donde el sombrero descansaba en el suelo.
A pesar de la severidad de la agresión, no quedé del todo inconsciente, a la distancia podía ver como los hermanos continuaron con su disputa, una sola palabra no se escuchó, solo el seco sonido de los golpes interrumpía el silencio, un fuerte golpe en la cabeza derribo a Julián, de inmediato, Isaac extrajo de la bolsa trasera de sus vaqueros, una navaja plegable, la abrió de un solo movimiento y sin el más mínimo indicio de compasión, de piedad, de amor fraterno, la clavó una y otra vez en el pecho de su hermano, arrebatándole la vida en el acto, después, sin pensarlo siquiera, clavó el arma en su estomago varias veces, su rostro libre de gesto alguno, siguió apuñalándose hasta que su cuerpo sin vida cayó sobre el de hermano.
A la distancia, Jaquie, seguía meciéndose, en shock, no se dio por enterada de lo recién sucedido y mucho menos de la brutal agresión en mi contra.
Intentaba no caer desmayado, trataba de moverme, cuando la temperatura bajó drásticamente, pude sentir de nuevo la misma mirada en mi espalda, esa fuerte mirada que unos minutos atrás nos hiciera voltear a todos. El eco de tacones rompió el silencio, los pasos se detuvieron a un par de metros de mi cabeza, una mano cubierta en un guante blanco, tomó el sombrero del suelo, los pasos se alejaron poco a poco, a lo lejos podía ver a Jaquie, ella no se daba cuenta de lo que sucedía, el vaivén del vestido se interpuso entre mi mirada y la mujer a la que amé en silencio durante tantos años, quise gritar, quitar a mi niña del paso de esa cosa que, sin duda se dirigía a ella. Al fin pude distinguir la silueta completa
¡Era la mujer de blanco!
-¡Jaquie!- Grité en mi mente, mientras la mujer se detenía a centímetros de mi amada, se agachó hasta que su cráneo descarnado cubierto solo por el sombrero, quedó justo frente al lindo rostro de mi nenita, sus ojos verdes se abrieron asustados, una fuerte luz me cegó y un grito sordo invadió el lugar.
Mi cuerpo no dio más, al fin colapsó, mis ojos ya no veían nada, a lo lejos escuché de nuevo el eco de ese caminar maldito que se acercaba a mí, una voz femenina se clavó en mí oído a manera de susurro:
-¡Vivirás!, Tú vivirás y contarás lo sucedido está noche, así como los viejos te hablaban de mí, tu harás lo mismo con los que te siguen, tu seguirás mi leyenda y así, por miedo, nadie olvidará quien soy. Soy fría como el hielo, eterna como el tiempo he inmortal como esta leyenda-
Después, la oscuridad y el silencio.
NO MAMES THABO
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