El solitario campanazo del Viejo reloj de pared delató los treinta minutos de retraso del relevo, Daniel miró su reloj de pulso molesto “las once treinta” pensó para sí mientras daba vueltas en la pequeña habitación que hacía las veces de recepción del solitario hotel de quinta donde trabaja hacía apenas un par de meses.
Quince minutos más tarde arribó el anciano que le supliría, lejos de disculparse le vio de mala gana:
-¿Qué te pasa? ¿Tienes prisa?-
El joven solamente negó con la cabeza, mientras un gesto de desaprobación se dibujaba en su rostro.
-No se me hace justo Don Mario, siempre llega tarde, son ya las once y media de la noche y aún tengo que caminar a casa, además, está a punto de llover-
-Ese es tú problema muchacho, si no te gusta renuncia, hay mil personas que necesitan el trabajo-
Acto seguido, el viejo se dejó caer pesadamente sobre el sofá detrás del mostrador
-No rentaste nada en todo el día y aun así te pones como loco Daniel-
Enfurecido, el joven se atravesó al pecho el morral negro que siempre llevaba consigo, se puso su impermeable del mismo color, subió la caperuza de la prenda a la cabeza y sin despedirse salió del lugar.
Cruzar la carretera no fue difícil, a esa hora el tráfico era prácticamente nulo, a excepción de los fines de semana, el viento helado golpeaba su rostro mientras las primeras gotas empezaban a caer del cielo, aun tenía que caminar casi quince minutos para llegar a su casa, cinco de ellos en la orilla de la carretera, después sus pasos lo llevarían al interior del pequeño poblado, las calles perfectamente pavimentadas y alumbradas hacían su caminar por demás cómodo, más allá de los delincuentes que a veces deseaban adjudicarse sus pertenencias de la manera más fácil posible, no tenía nada mas de que preocuparse. Su uno ochenta y cinco de estatura, su fuerza, además de sus conocimientos en artes marciales, le daban la confianza suficiente para andar en las calles a esa hora, el miedo nunca fue factor en su vida.
Las luces de un auto le cegaron un segundo, bajó de la carretera y entró a la tienda de autoservicio ubicada en la estación de gasolina, como de costumbre, tomó un vaso de chocolate caliente y siguió su camino. La lluvia empezó a arreciar, más eso no hizo mella en su paso firme, fue devorando de a poco las calles, hasta llegar a la única zona que le ponía atentos los sentidos, una calle larguísima, totalmente oscura, de un lado: un enorme terreno baldío, del otro: unos viejos almacenes abandonados. Sacó de su morral una pequeña lámpara de L.E.D. s en el acto, la luz cortó la densa noche e hizo evidente la copiosa lluvia.
Con los sentidos alerta, avanzaba a paso un poco más rápido de lo normal, era por demás sencillo que algún delincuente aprovechara tanto la oscuridad, como los múltiples obstáculos, basura, para intentar sorprenderle y asaltarle o golpearle. Al distinguir la luz encendida al final de la cuadra se relajó un poco, la luz significaba que el velatorio estaba abierto, desgraciadamente, significaba también que alguien había fallecido. Fue raro no ver autos estacionados en las afueras del lugar, seguro era una persona poco conocida.
Conforme se fue acercando, notó que no había nadie fuera del lugar, obvió que la lluvia les había obligado a refugiarse dentro del edificio, una vez que llegó a la esquina, algo raro tocó su pecho y en vez de pasar de largo como siempre, decidió detenerse a observar si había gente dentro del recinto, ¡Nadie! Abrazado por la curiosidad, subió los doce escalones que separaban la banqueta del recibidor y asomó la cabeza, solo un silencio sepulcral le dio la bienvenida. Una extraña curiosidad le invadió, él mismo sabía que eso no era normal en él, nunca fue curioso y menos en asuntos que no le interesaban.
Una vez dentro del velatorio, sacudió las gotas que se negaban a caer de su impermeable, bajó la caperuza de la prenda, en un acto reflejo se pasó la mano por la cabeza y avanzó a la capilla.
El lugar se veía solo, un casquete negro varios metros frente a él daba testimonio de que, efectivamente, alguien había perdido la vida, los sirios recién encendido delataban que alguien tenía que estar ahí, caminó lentamente hacía donde el solitario ataúd descansaba, por alguna razón, sentía que sus pasos no avanzaban, notó que sobre la caja no había flores, crucifijo ni fotografía. Un casi silente llanto llamó su atención, una mujer sumida hasta el fondo en la primera banca lloraba sin consuelo, Daniel quiso acercarse, le nació abrazar a la desconocida y darle consuelo, pero algo le impidió hacerlo, simplemente se quedó parado, mirándola, sin que ella se percatara de eso, los minutos pasaron, él perdió la noción del tiempo hasta que una monja vestida totalmente en blanco entró al recinto, la presencia le sacó del trance, la madre se aproximó al joven y una voz muy baja se dirigió a él:
-¿Qué haces aquí Daniel? Este no es tu lugar, por favor sígueme-
Un escalofrío le recorrió la espalda desde la nuca, no conocía a la monja y ella no tenía porque saber su nombre, aun así, siguió su paso sin chistar, pasaron frente a la mujer que lloraba cuando la madre, solo con un ademán de su diestra le pidió que no la molestara, Daniel entendió de inmediato la seña y siguió caminando hasta donde una gruesa cortina café separaba la capilla de una oficina, la mujer tomó asiento detrás del enorme escritorio de madera negra y pidió al joven que hiciera lo mismo frente a ella en una de las dos enormes sillas forradas en piel. La mujer respiró profundo.
-A Ver mi querido Daniel ¿Qué haces aquí?-
Muy confundido, el joven respondió:
-Recién salí del trabajo, salgo a las once, trabajo en un hotel del otro lado de la carretera y vivo a un par de calles de aquí, esta ha sido mi ruta diaria por los últimos meses, me llamó la atención ver encendidas las luces pero a nadie presente en el lugar, nunca antes había entrado aquí, ¿Cómo sabe mi nombre?-
La mujer no respondió, abrió un cajón del escritorio, rascó su cabeza y le miró a los ojos
-¿Sabes qué día es hoy?
-Diez de Julio madre-
-No Daniel, hoy es apenas día nueve de Julio-
-Madre, ¿Cuál es la diferencia? Un día más un día menos, estamos a unos minutos de que el reloj marque las doce y entonces, si será ya día diez-
La mujer se puso en pie, dio la vuelta, puso ambas manos en su espalda y empezó a caminar lentamente en círculos detrás del lujoso escritorio.
Daniel decidió que ya era tarde así que se incorporó:
-Bueno madre, ya es tarde, tengo mucho por hacer mañana, quedé de pasar por mi novia para desayunar, ¡Le pediré matrimonio! Si dice que sí, nos casamos muy pronto-
Su rostro se iluminó de pensarse al fin desposado de su novia de casi dos años.
-¡Espera muchacho! , dame solo uno segundos, ¿Sí? ¿Quieres que te explique qué haces aquí?
Dominado por la duda, Daniel tomó asiento de nuevo mientras la mujer empezó a hablar:
-¿Recuerdas a la mujer de la capilla? Está muy triste porque acaba de perder lo más preciado, no se dio cuenta de ello hasta este momento, si notaste, no tenía ojos para nosotros, solo para llorar, no nos vio, ni siquiera se percato de nuestra presencia.
-¿Perdió a un familiar?-
-Así es muchacho, perdió a una persona muy cercana y ahora se arrepiente de tantas cosas que no hizo con ella, tanto tiempo que estuvo distante a pesar de lo cercanas que eran, tantas veces que prefirió irse con otras personas dejando sola a quien ahora llora, está muy arrepentida porque, a pesar de tantos años juntas, jamás le dijo “te quiero”, no la abrazó ni se preocupó por ella, siempre eran más importantes otras personas, otras cosas, ahora que es demasiado tarde, ella llora por todo lo que no hizo cuando tenía la oportunidad, el llanto le ayudará a limpiar el alma, ha llorado todo el día y ya es casi el momento que deje de hacerlo-
-¿Fue su madre a quién perdió?-
-No Daniel, perdió lo más importante que puede tener un ser humano, esa persona en la que nunca piensas, que no cuidas, no hablas con ella, esa persona que sientes por demás segura, que crees que siempre estará ahí a pesar de lo que hagas o digas, a esa persona a quien lastimas siempre y nunca te reclama, a esa a la que nunca le pides perdón por malo que seas con ella-
El “bip bip” del reloj de Daniel les interrumpió, la monja sonrió algo triste y con un ademán le pidió se pusiera en pie, el joven obedeció sin dudar.
-Madre ¿A quien perdió la muchacha? ¿Me lo dirá?-
-Si Daniel, lo sabrás en un momento, sígueme-
Así lo hizo, ambos regresaron sus pasos a través de la cortina café. De nuevo en la capilla, notó de inmediato la ausencia de la chica que lloraba, el casquete ahora era gris y flores en abundancia lo cubrían. La monja se detuvo frente al ataúd miró al joven a los ojos y en un tono muy serio se dirigió a él:
-Daniel Gutiérrez Sánchez, hoy 10 de Julio, has perdido lo más valioso que puede tener un ser humano, has perdido a la persona más importante en tu vida, esa persona que siempre estuvo contigo, esa que nunca te reclamó nada, esa persona que, cuando tus desamores te hacían cometer tonterías, cuando tu cuerpo deseaba detenerse, siempre estuvo ahí aunque nunca lo tomaste en cuenta, nunca le diste importancia, diste su existencia por sentada y ahora esa persona ya no está aquí. ¡Daniel acércate y mira a quien has perdido!-
El joven se acercó temeroso de que fuera uno de sus grandes amigos, o uno de sus padres, pero lo que más temía es que fuera su novia amada, con miedo se asomó al interior del ataúd, sus ojos se anegaron en llanto mientras la monja continuaba:
- Daniel Gutiérrez Sánchez, hoy diez de Julio has perdido a Daniel Gutiérrez Sánchez, tu ser mismo-
Mientras las palabras de la mujer invadían el recinto, él se veía a sí mismo postrado dentro del cajón, un flashazo le llegó a la cabeza: Caminando por la carretera, justo antes de bajar a la gasolinera, un carro, le cegó con sus luces, el vehículo iba fuera de control, todo fue demasiado rápido, en segundos su cuerpo yacía tendido en suelo mientras su alma, sin percatarse de lo sucedido siguió su camino hasta el lugar indicado.
No pudo evitarlo, cayó sobre sus rodillas sin poder creer que sus días habían llegado a su fin:
-Daniel, tienes todo el día para llorar, pedirte perdón a ti mismo, reconcíliate con tu alma, para tu cuerpo es demasiado tarde, despídete de él y da gracias porque, a diferencia de la chica de ayer, a ti si te vinieron a llorar. ¿Ves las flores sobre tu ataúd? Son las que tus amigos te han dejado, aun faltan muchas por llegar. Llora muchacho, llora todo lo que puedas y arrepiéntete de lo que tengas que arrepentirte, no hay vuelta atrás, hasta aquí llegó tu vida, lo que sigue será en su momento. Mi trabajo está hecho muchacho adiós-
La monja salió por la misma puerta por la que llegó al principio, Daniel quedó sentado en la banca, confundido, llorando, sabiendo que no podría despedirse de sus padres, de sus amigos, del amor de su vida, se casarían pronto.
Se abrazó fuerte a sí mismo, su llanto se hizo aun más intenso y solo alcanzó a balbucear:
-Perdóname Daniel, nunca te di el tiempo ni el amor que me pedías, que merecías, ¡Te quiero Daniel, te quiero!-...
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